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Cómo evitar las muletillas

Responder a esta pregunta no es fácil. Las soluciones al uso son ineficaces, por generalistas. Decir que lo que hay que tener más vocabulario, ampliarlo, es tan bobo como decirle a alguien que está muy flaco que tiene que comer más. Está muy bien, qué duda cabe, conocer más sinónimos, disponer de una teórica mayor fluidez verbal, un mayor surtido de herramientas expresivas… Pero, en realidad, tampoco es ninguna solución. Todos conocemos a personas que poseen una gran erudición (profesores, escritores, intelectuales…) y que, sin embargo, son presa de molestas muletillas.

Darse pausas, pensar con antelación lo que vas a decir y cómo lo vas a decir, respirar profundamente, ser directo y preciso al expresarte son otras recomendaciones pueriles. Si dominas la situación, si no tienes ni una pizca de nervios al hablar (y no me refiero tan solo en conferencias, clases, participaciones en radio o televisión, sino también en muchos diálogos y coloquios en la vida corriente, aparentemente intrascendentes), es evidente que serás capaz de respirar de manera tranquila, expresarte con más fluidez y precisión, y que no sufrirás bloqueos ni tics de ningún tipo, ni estarás sometido a esos automatismos verbales inconscientes que son las muletillas.

El maquillaje no ocultará nunca, en el fondo, las cicatrices de la piel, ni los enrojecimientos, ni la eventual palidez, ni las arrugas. Sólo en una primera impresión. Pero es lo que nos recomienda esta sociedad, tan de escaparate. Incluso el maquillaje profundo, es decir, la silicona, la cirugía plástica. En puridad, en los modos de expresión, tanto hablada como escrita, sólo hay un monto de tensión que podemos eliminar de una manera relativamente fácil y no sólo conveniente, sino claramente honesta: asumiendo los nervios. No ocultando el estado emocional que nos embarga. Al menos, así, un alto porcentaje de ansiedad debido a la  autoexigencia podrá esfumarse. Lo peor es el envaramiento que produce el ser juez de sí mismo. Todos sabemos que como vigilantes, como inquisidores de nuestro estado, los más estrictos, los más crueles e implacables somos nosotros mismos.


Tal vez, si nos empeñamos, si seguimos rigurosos cursos de técnicas de venta, de locución, de eso que tan pomposamente se denomina habilidades comunicativas para el éxito empresarial, utilizaremos menos muletillas. Pero, de seguro, seremos mucho más fatuos.